Comprendí que cortándote tú mismo tienes más posibilidades de acabar desangrándote.
Comprendí que nada más que tú eres capaz de hacerte un daño irreversible.
Y a veces es más fácil ahorrarse el sufrimiento y tirarse al vacío, dejando que todo acabe en polvo. El polvo de lo que fue. El polvo que nunca se va, pegándose a tus huesos, dejando estigmas en la piel. El polvo que levantan los pies al marcharse y el polvo de un suspiro de reproche.
Vivir alimentándote de miradas incendiarias que te atrapan en los pasadizos, ahogándote a nudos de estómago, convirtiendo el polvo en ceniza. Conseguir hablar y que sólo salga eso, polvo, insignificante, invisible. Polvo que nadie comprende por qué está ahí, polvo que se endurece en tu interior, polvo para oídos sucios. Polvo que no sirve nada más que para señalar, como en un mapa, los tesoros oscuros del daño.
Vida de arena, fina, volcánica, casi aire. Vida oxigenada, agobiante, inestable. A punto de estallar sus bocas como agujas en tu corazón erosionado. Vida que te arrastra a la fuerza de voluntad de una brisa que intenta ser viento. Que tan siquiera levanta faldas con su aleteo.
Vida que aprieta, ahoga y hace más daño del soportable. Opciones que caen como gotas de agua en un desierto, desvaneciéndose antes de rozar el suelo.
Dejo la ciudad, su voz, sus luces y su brillante existencia en el mundo. Dejo la ciudad y busco el lugar donde me dejé caer y acabé por no encontrar nada de mí en quien soy ahora. Ese lugar ni tan si quiera parecido a sus ojos. Ese lugar caído de su voz estática. Ese lugar atravesando la fachada sin pintar de sus jodidos y espesos labios, de serpenteantes laberintos.
Y vuelvo a quién creí ser, pensando en no creerlo del todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario