No creo que lo sepa ni pueda ella entenderlo tanto como yo a veces entiendo lo que leo en los textos que escribe.
Antes de que me derrumbara, antes de que me convirtiera en esto que nunca he pretendido ser y sin embargo soy, y tampoco es que me arrepienta de ello, ella por un mes fue todo. No todo lo que me quedaba, es cierto, pero sí que empezó a ser algo por donde empezar. El detonante. Fue el detonante que me hizo darme cuenta de que siempre quise a alguien por encima de mis posibilidades. De las mías, de las suyas. Fue entonces cuando empecé a quitarle importancia al amor, a sentir... Puede que ella no me tratara como debía, que soltara la cuerda cuando le venía en gana y cuando decidía ponerme el límite, dar media vuelta y seguir por otro lado, ella entonces tirara de la cuerda en el último momento hasta volver a tenerme en el mismo sitio que antes. No la culpo. Parecía que el mundo se había puesto de acuerdo para jodernos la vida a todo el mundo por igual. Todos sentimos miedo. Hasta esa chica que se enjaulaba bajo una aparente estatua de cemento, diciéndome que podría ser yo la que la cincelara hasta romper la roca que la comprimía. Me dio motivos para salvarla, me dio motivos para rendirme. La vida en sí, me daba motivos para escapar, olvidar que ella había sido la que me había salvado a mí, ignorar que le debía una. Ella no quería esa una.
Tras semanas intentando disfrutar de lo poco que me daba, aún engañándome a mí misma, aún sabiendo que daba igual, no quise creer hasta que la venda se transformó en verdadera ceguera. No vi que sólo era un calmante, no vi que sólo me hacía sentir mejor, que su presencia cosía mis heridas con hilo temporal que algún día se agotaría. Y que quitar esos puntos dolería más que si me hubiera enfrentado al problema desde el principio.
Cuando al final ella decidió no querer nada conmigo pensé "¡qué zorra!". Que zorra por darle un derechazo a mi ego, que zorra por hacer caer la venda que evitaba que me diera cuenta de que sólo me estaba haciendo daño. Otra vez me inhibía en la infelicidad. Pensé que era una zorra por salvarme de nuevo. No creo que fuese consciente de lo que hizo, ni al comenzarlo ni al darle fin. Comprendí que yo había sido estúpida, una caprichosa y una ególatra de cuidado. Ahora me doy cuenta de que me gustó de verdad porque la echo de menos. A veces pienso en ella sin querer. Exacto, sin querer. Creo que me involucro demasiado en los sentimientos de cogidas de mano como por casualidad y de que se riera cuando me acercaba demasiado, llamándome "mala persona" por ello y, la verdad, no le digo que no. Lo era. No una persona mala de malvada, sino mala de "mal hecha". Defectuosa. Una errata que había cobrado vida de repente.
Tal vez escriba esto porque siga esa astilla hincada en mí, pensando en lo que pudo ser y no fue aunque tampoco hubiera mucho con lo que trabajar. También puede que me avergüence el no habérselo agradecido y esta sea una forma no directa de hacerlo. Nada de aquello tuvo mucho sentido aunque yo le encuentre los cinco por todos lados. También puede ser una forma de deshacerme de ese sentimiento, remordimiento o "poso" que se quedó después. Como un mal sabor de boca.
Sea por lo que sea por lo que escribo, cabe la posibilidad de que ella nunca sepa que sigue existiendo a veces.
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